
¡Ya estoy aquí! Tras una semana en la ciudad de los rascacielos, Nueva York nunca dejará de sorprenderme. La "city" como ellos llaman a Manhattan seguía en el mismo sitio, pero esta vez, aunque sin saberlo, iba a ser ella la que se iba a rendir a mi. Y es que no hay nada como dar la vuelta al mundo sin salir de una simple isla.
Y es, precisamente, esa fusión de culturas la que enamora al que va por primera vez. Que repite, repite y vuelve a repetir. Porque ¿hay algo mejor que viajar de Shangai a la Toscana o de la América profunda al lujo europeo extremo a tan sólo una calle de distancia?
En Nueva York todo es posible, desde que te propongan un trío en mitad de la calle, como ya me pasó en anteriores ocasiones, hasta viajar la china más tradicional, donde el olor a especias, los budas o los masajistas "titulados", que saben como nadie donde tocar; se fusionan con las imitaciones de Louis Vuitton y Chanel.
E incluso ir a la Italia de la "dolce vita" dónde la mezcla de los alimentos se conjuga con las diferentes razas de los camareros. Eso es Nueva York, loca, elegante y con ese punto de consumo masivo que de vez en cuando nos gusta saborear a todos.
Chelsea estaba impresionante con sus tiendas de diseño y un nuevo hallazgo, el Chelsea Market. Un lugar de decoración tosca e industrial que acoge entre sus muros preciosas teterías, tiendas de decoración y pastelerías en las que puedes encontrar una tarta con forma de baul de Louis Vuitton o galletitas con formas variadas muy al estilo neoyorkino. ¡Increíble!

Y para una mañana perfecta, el Village. Un barrio en el que además de disfrutar de maravillosas pastelerías como Magnolia Bakery o Angelica te puedes perder por las increíbles tiendas de firma como Marc Jacobs, Coach, Ralph Lauren...

Muchas son las anécdotas, restaurantes, tiendas y cosas escalofriantes que se me quedan en el tintero, pero algo debo guardar para mi ¿no crees?